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Darío Cvitanich, el adiós de un hombre común que dejó su huella en Banfield y por cada lugar donde pasó

Osvaldo Ardizzone hablaba, en realidad escribía -¡y cómo escribía!-, desde el lugar de “El hombre común”. Ardizzone, maestro de periodistas por donde se lo mirara, vivió gran parte de su vida en Banfield, en Berutti 591, justo enfrente de la casa del doctor Norberto Rilla, el médico de cabecera (y anónimo) que curó a muchos de los que vivieron y viven (vivimos) en el barrio. Es el mismo barrio que por estas horas despide con orgullo a uno de sus próceres deportivos. Sí, este martes, desde las 19.15 y en el Florencio Sola, dice adiós Darío Cvitanich, el 20 del Taladro.

Usted dirá (vos dirás, claro, si sos más joven) qué tiene que ver Cvitanich con Ardizzone y Rilla. Bueno, es que Darío es el prototipo de un hombre  común. Un extraordinario hombre común. Acá lo intentaremos desarrollar. Tal vez sin éxito, claro. Pero lo intentaremos.

Cvitanich es/fue un futbolista común y fantástico a la vez. No tuvo el privilegio de defender los colores de la Selección Argentina -ni en las juveniles ni en la Mayor-, aunque seguramente le hubiera encantado e, incluso, habría dejado una huella. Cerebral, carismático, centrado, con otra cabeza. Tal vez no deslumbró como otros, pero siempre fue capaz de hacer diferencia con su inteligencia, esa que le hubiera permitido ser brillante en cualquier disciplina que eligiera transitar en su vida.

Su carrera, de 19 años en el más alto nivel, coincidió con una generación de delanteros notables que, de Leo Messi para abajo, no hace falta enumerar. De ahí la ausencia de fotos y videos en celeste y blanco. Sin embargo, Darío fue campeón con Ajax de Holanda, Pachuca de México, Boca y Racing. Fue hombre franquicia en Niza de Francia, donde todos hablan todavía de él. Y es ídolo en Banfield, donde empezó su historia y donde decidió terminar una carrera notable que, sumado todo lo que hizo con la redonda, cuenta hasta ahora 481 partidos, 160 goles y cinco vueltas olímpicas.

Yo creo que a los futbolistas nos hacen inútiles. Nos facilitan todo. Obvio que no le va a pasar al cien por ciento de los jugadores, pero es así, a mí me pasó: llegás acá, te dan los botines, tenés la ropita doblada, la frutita cortada, tenés que viajar y te llenan el formulario, tenés que ir al banco y te abren una cuenta, tenés que hacer un trámite y levantás un teléfono, tenés que comprar un auto y te lo traen a la puerta del predio… Lo que quieras. Siempre hay alguien en este ambiente que está dispuesto a hacerlo por vos”, le contó a Clarín en febrero pasado cuando ya había decidido cerrar su carrera en Banfield.

Banfield fue el lugar en el que asomó como pieza de recambio de aquel equipo que comandó Julio Falcioni para llevarlo por primera vez en su centenaria historia a una Copa Libertadores. Ese pibe de Baradero que sentía la carga de no fallar en el fútbol para cambiarle la realidad a su familia. Ese que alguna vez se disfrazó de Flash junto a un Jesús Dátolo que era Robin para una histórica producción del diario Olé​ al mejor estilo El Gráfico. Un lugar donde fue goleador y donde dejó su huella en un histórico 5-0 sobre un Lanús campeón e invicto que quedó de rodillas en su Fortaleza de Guidi y Arias -ahora Cabrero-. Un lugar donde dejó dinero, mucho dinero, que se transformó en los ladrillos que le dieron forma a la residencia para juveniles que aún cobija pibes de todos lados en el predio de Luis Guillón.

“Cuando yo estaba viviendo acá en el club era 2000, 2001, en plena crisis del país. Y era otro mundo, nada que ver a cómo está ahora el predio. La pensión fue linda y difícil a la vez. No es que no había comida, pero era arroz día y noche. Al mediodía con salsa y a la noche como venga. Muy de vez en cuando se conseguía algo de carne. Y laburábamos acá. Pintábamos los árboles, manteníamos el parque… Nos pagaban 20 pesos y con eso yo podía ir y venir a Baradero. Si sobraba algo, comprábamos una hamburguesa que salía 10 centavos en el Carrefour de al lado. Eramos 70 pibes y cada uno con su historia. En mi caso, tenía la suerte de estar a 150 kilómetros. podía irme el fin de semana a Baradero y ver a mi familia. Me acuerdo que volvía de Retiro en el bondi, me bajaba en el Cruce de Lomas, ya a la medianoche, y corría hasta el predio. Venía con una torta que mandaba mi mamá. ¿Sabés cuánto duraba la torta? Diez segundos. Son cosas que te marcan, pero yo no quiero que pasen eso los chicos”, rememoraba en esa misma charla con Mariano Verrina.

A Banfield volvió a pesar de la bronca intestina de Marthita, la hincha fanática de Banfield -luego indultada por él y por su mujer, Chechu Bonelli, también vituperada- que enfureció en niveles insospechados  cuando lo vio desde los alambrados del Lencho con la camiseta de Boca. Un lugar al que, más allá de los cortocircuitos que lo hicieron partir para vivir una lindo otoño en Racing -donde es respetado por todos-, regresó para cerrar un circulo imperfectamente perfecto. Tanto como el gesto de entregar una de sus últimas camisetas a una nena que se la pidió desde la Fani, la tribuna de atrás de uno de los arcos en Granaderos y Arenales, con un tierno mensaje escrito con fibrón en una cartulina.

Cvitanich es el prototipo del hombre común que no es nada común. Este lunes cumplió 38 años. Este martes, ante Universidad Católica de Ecuador, será su último partido como futbolista. Y su vida recién empieza. Su inteligencia lo hizo distinto. No será el Pampa Orte ni Garrafa Sánchez. No será Erviti, el Tanque Silva o James Rodríguez, tres de los campeones en colores en 2009 de aquel equipo eterno del Emperador Julio César… Pero es Darío. El delantero común que transformó al nombre Darío en una marca registrada en el Sur del Gran Buenos Aires. Y que convirtió a un apellido, Cvitanich, en una huella indeleble. Como Ardizzone, como Rilla. Y como todos los hombres comunes que son inolvidables.

Darío Cvitanich jugó 166 partidos en Banfield y anotó 66 goles. Foto: Marcelo Carroll.

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