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Volver a respirar, pese a la devastación

“Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”, se animó a decir el filósofo Theodor Adorno -alemán y judío- en 1951. La idea ha sido utilizada de las más diversas formas. Algunos, en un sentido más esteticista que da por hecho la imposibilidad de detenerse a hablar del hombre cuando ese hombre puede ser un monstruo. O de dedicarle tiempo a la belleza. Pero quizás Adorno pensaba en otra cosa. ¿Vale continuar con la idea de arte anterior al nazismo si esa sociedad fue el huevo de la serpiente? ¿No se potencian así los valores que enraizaron la negación del otro?

Recordé este dilema cuando me propusieron contar la experiencia de los sobrevivientes del Holocausto en clave de la Ucrania moderna, pensando en los chicos de allá hoy a partir de los chicos que fueron ellos en esa misma tierra (o cerca). Podría decir que me entusiasmé porque vale la pena transmitir que hay vida después de la devastación. Pero no, no fue eso. Me movía más el escepticismo, la idea de analizar la violencia como motor de los hombres. Algo que estuvo, que está. Obvio que es conmovedor leer las reflexiones de los que viven con esa carga pero que incluye un núcleo duro -reconozcamos- difícil de narrar. Y de entender. Me refiero al “factor azar”, herético para los que permanecen bajo fuego.

Como dice Jorge Kappel en estas páginas, ¿por qué la bomba no me cayó a mí y sí al vecino? ¿Por qué una estrategia para escapar dio resultado y otra no siendo tan similares? ¿Por qué algunos de los chicos de Ucrania que hoy están vivos, la semana que viene habrán muerto (y otros no)? Ese miedo atávico que invade tiene algo de irreductible: hasta que no termine la invasión rusa no se sabrá si ellos -sus padres, sus amigos, sus hermanos- seguirán respirando. Quienes les escriben hoy, con todo el horror que padecieron, son los que pueden contar la historia. Otros no lo lograron y esa certeza -misiles por medio- desestructura a cualquiera.

Los sobrevivientes nos enseñan con sus dolores, con sus recuerdos, con su capacidad para reinventarse. Pero algo no les compete a ellos: mientras conversamos, la guerra continúa. Y unos nuevos sobrevivientes empiezan a recorrer su mismo camino.

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