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Mundos íntimos. Sobrevivientes del Holocausto les dicen a los chicos de Ucrania: temblamos con ustedes, pero un día llegará la paz

-Y cómo hago para empezar a escribir, si de eso nunca hablé…?

En marzo de 2003 la frase resumía la preocupación de los integrantes del Taller Literario para Sobrevivientes del Holocausto que coordino. El temor a que sus historias produjeran rechazo o indiferencia había sido para muchos la causa de una mudez autoimpuesta. Si de “eso” no se hablaba, a quién se le podía ocurrir la idea de que ellos lo escribiesen… Pero en la segunda clase ninguno había desertado. Estaban todos otra vez, alrededor de la mesa, entre sandwichitos y metáforas, masitas y comparaciones, tomando notas como chicos atentos, empeñados en asumir el desafío de un nuevo aprendizaje, promovido por la Fundación Tzedaká.

¿En este taller, hay herramientas? —quiso saber alguien.

De a poco, descubrieron que el taller tenía “herramientas” para ayudarlos a construir sus propios textos. Y fueron animándose a contar, utilizando los recursos que iban aprendiendo. Las consignas los ayudaba a tirar del hilo de la memoria, los relatos comenzaron a desmadejar el ovillo, a desatar los nudos. Las historias fluían. La palabra acallada durante tantas décadas resonaba con fuerza expresiva.

Josette Laznowski. Es la nena de lentes, junto a su hermana (la más alta) y otra compañerita de viaje, en Dakar, rumbo a la Argentina. El padre de Josette y Adela había sido arrestado por los alemanes, la madre dejó a las dos hijas para que se salvasen en casa de Madame Moulard en Brou, un pueblito francés. Al final de la guerra (los padres sobrevivieron) viajaron a la Argentina. La familia tuvo que “re-conocerse”: eran casi extraños.

En diecinueve años que participan del Taller, los sobrevivientes fueron encontrando su voz, en un inquietante cruce entre la palabra creadora y el ejercicio de la memoria individual y colectiva.

Ni el Covid pudo con ellos. Y se animaron con el Whatsapp y el Zoom, acompañados por Luchy y Roxi, dos voluntarias siempre dispuestas a ayudarlos. Con edades que van de los 82 a los 96 años, todos participaron desde sus casas durante los dos años que duró la pandemia. En noviembre de 2021, presentamos en sociedad en el marco del primer encuentro presencial un nuevo libro de su autoría, el tercer volumen de “Voces con Historia” (para conseguirlo, escribir a [email protected]).

Cuando todavía resonaban los ecos de ese evento, febrero enfrentó al grupo con noticias de una guerra. Los medios hablaban de muerte en las calles, de madres amamantando en medio de bombardeos, de escuelas donde mujeres, bebés y niños se refugian de las bombas, del éxodo a países cercanos de diez millones de personas que debieron dejar sus hogares. Y ese estruendo ensordecedor de destrucción y orden subvertido de lo cotidiano se coló en los textos del Taller con los ecos de la guerra que ellos mismos vivieron cuando Hitler y sus fanáticos mancharon la memoria del mundo con el Holocausto. Hoy, mis alumnos reviven en sus textos esa época que atravesaron con la incertidumbre de no saber si sobrevivirían y que, respondiendo al mandato bíblico del “¡Recordarás!”, cuentan para que el mundo se entere. Pero también, hay en sus relatos un mensaje esperanzador para los niños de Ucrania. Así les escriben:

“Me llamo Ruza, nací en el Gueto de Varsovia. Vivo en un orfanato con muchos otros niños. La mayoría, nenas porque dicen que a los varones no los pueden cuidar y los llevan al campo. Halina una amiga más grande que yo, dice que llegué aquí cuando era bebé. Un señor muy bueno me sacó, escondida en un bolso, de un lugar rodeado de un muro del que era muy difícil salir. Que tuve mucha suerte, dice, porque había muchos enfermos y no había comida para todos. Pero acá estoy bien, las monjas nos enseñan y nos dan de comer. Les cuento, queridos amiguitos de Ucrania, que con suerte todo pasará y aunque nunca se olvidarán del ruido de las bombas y de lo que está ocurriendo, al final será sólo un mal recuerdo para ustedes. Casi como si fuera un juego. Lástima que no estamos jugando a la guerra. ¡Esta también es de verdad!”. Rosa G. Rotenberg, polaca.

Noelly Talgham y su hermano. Ella fue salvada por dos maestras, que la recogieron de un orfanato y la llevaron a su casa en el pueblo belga de Achet. Los padres biológicos habían sido asesinados por los nazis. Al terminar la guerra fue adoptada, junto a su hermanito, por una familia argentina de origen sefaradí.

“Las imágenes de lo que pasa en Ucrania me llevaron nuevamente al país donde nací, cuando fue invadido en 1941. Yo, con cuatro años corriendo al lado de mi madre y a veces en sus brazos; me acuerdo como en un sueño, de una foto que quedó en mi memoria: el fuego quemando lo que su lengua alcanzaba. Tengo la esperanza que los chicos ucranianos puedan tener un futuro más feliz que este ingrato presente y así como muchos de nosotros superamos los sufrimientos, ellos también lo logren una vez que la paz vuelva a reinar”. Elisabeth Kogan, lituana.

“Cuando Peter Holmes, pastor anglicano de una ciudad cercana a Birmingham, se enteró que se buscaban hogares para ubicar a los niños judíos que llegaban a Inglaterra desde Alemania y Austria con los ‘Kindertransport’, huyendo de la barbarie nazi, no lo dudó. Consultó con su esposa y con la cuñada viuda que vivía con ellos y decidieron que sería caridad cristiana dar amparo a uno de esos niños. A Vera le faltaban tres meses para cumplir los quince años cuando llegó a su nuevo hogar. Las cosas habían cambiado mucho en el último año desde que se había producido el “Anschluss”. Ya no iba a su colegio desde que un día le vedaron el acceso. Luego vio el gran cartel que decía “Prohibida la entrada a perros y a judíos”. Ciertas amigas empezaron a evitarla y a cruzar a la vereda de enfrente para no toparse con ella. Y mamá de a poco fue perdiendo su sonrisa”. Ruth Jäckel Marshall, austríaca.

“Tuve la suerte de que mis padres regresaron de Auschwitz, pero al llegar a Buenos Aires fue difícil acostumbrarme a vivir en familia porque que no los conocía, después de haber estado tanto tiempo separados y habiendo sido yo criada como huérfana. ¡Pero no me quejo! Aprendí y supe por qué, ya en época de paz, disfruté tanto de una “casa hogar” cuando me casé con Jaime, con quien viví cincuenta y cuatro años muy felices, junto a nuestros dos hijos”. Josette Laznowski, francesa.

“Año 1943. La guerra está en su apogeo. Mi padre, movilizado en un campo de trabajos forzados. En casa quedamos mi madre, mi hermano menor y yo. Contaba mi madre que yo le preguntaba todos los días cuándo volvería papá. Como no lo sabía, la respuesta era siempre la misma: seguramente mañana. Fue en esos días que llegó a casa un telegrama que decía que debíamos dejar nuestra casa en 48 horas. La estación del tren estaba repleta de civiles y soldados. Ahora, viendo imágenes por televisión del conflicto en Ucrania, vuelve a mi memoria lo que viví. Las familias que se separan sin saber si volverán a unirse algún día. Todo produce gran tristeza. Las guerras son siempre un retroceso. ¡Y los chicos son los que más sufren!”. Isaac Behar, búlgaro.

“El conflicto entre Ucrania y Rusia me traslada a 1939. Tenía solo tres años cuando comenzó el enorme cambio familiar. Conozco el desfallecer de toda una estructura, la violenta escisión familiar que produce el conflicto. Nada fácil repararla. Imposible comprenderla para quienes no fueron afectados por una guerra. Hoy pienso: Siglo XXI… ¿Con lo adelantados que estamos, vuelve a ocurrir una guerra más? Me descolocan. La pequeña Noelly vuelve a temblar”. Noelly F. Talgham, belga.

“10 de enero de 1943. Estamos en plena guerra. Los alemanes desfilan por las calles. Hacen un ruido estremecedor con sus botas. Las sirenas suenan, hay que bajar a los refugios. Cada uno tiene preparado lo más necesario en su mochila. Con rapidez bajamos por las escaleras. Ya estamos. Doña Lola, masticando dientes de ajo contra el mal, reza como Baba Clara y dice: “rueguen a su Dios y yo al mío”. Hay que reponerse y estar contentos: hemos salvado nuestras vidas. Aquel no fue nuestro momento para morir. ¡Y aquí me tienen! ¡No hay que perder las esperanzas!”. Clery Rosanes, búlgara.

“Cuánto de todo este sufrimiento quedará guardado en las mentes de los niños. Nosotros como sobrevivientes de la Shoá, sabios en estas catástrofes, sabemos que el dolor deja una marca que no se borrará. Saben, ustedes tienen una ventaja sobre nosotros: todo el mundo les abre las puertas y trata de ayudarlos; a nosotros con contadas excepciones, el mundo entero nos dio la espalda”. Julia Hahn, austríaca.

“Esta guerra me recuerda exactamente las mismas vicisitudes que pasé en la Segunda Guerra Mundial: ver mi casa en escombros, la destrucción, el hambre, el miedo. Vuelvo a ver a mi mamá cambiando cubiertos de plata por un kilo de harina… así fue también en 1956, con los tanques rusos en las calles de Budapest, mi ciudad”. Vera Segal, húngara.

“Les escribo desde la Argentina, un país muy lejos de donde viven ustedes, pero nací cerca de allí. Cuando tenía seis años, había guerra también y la sirena avisaba si había que bajar rápido al refugio. Yo siempre llevaba en el bolsillo mi caja de fósforos con su tapa corrediza cerrada y así quedaba a oscuras mi muñequito de madera en su cama de algodón. Yo pasaba mucho tiempo abriendo y cerrando la tapa, mientras le decía: ‘No tengas miedo, vamos a tener suerte y nada malo nos pasará’. ¡Qué cosa rara es la suerte! Nadie puede explicarte por qué motivo una bomba cae sobre la casa de enfrente y no sobre la tuya. Hace poco cumplí 84 años y para llegar a esta edad tuve muchas suertes, tanto en la guerra como en la paz. Les deseo buena suerte y feliz vida”. Jorge Kappel, rumano.

“El mundo avanzó a nivel tecnológico y científico pero el ser humano no aprendió. Mi abuelo ya me contaba que ocurrían pogroms y matanzas en Ucrania. Por eso y por lo que yo viví en el Holocausto, no puedo olvidar. Claro que los descendientes de ‘aquellos’ ucranianos no son culpables. Los niños del mundo, sin pensar en el color de piel, ni religión, ni de dónde provienen, deben gozar de paz y felicidad, junto a sus padres. A estas madres y a estos niños, les deseo un futuro de paz por sobre todas las cosas. Quiero seguir creyendo en un mundo mejor”. Lea Zajac Novera, polaca.

“Soy una sobreviviente con suerte, llegué a la Argentina con menos de dos años, en 1938. No entendía nada, solo que íbamos en un barco que nos llevaba lejos, fuera del alcance de un hombre malo llamado Hitler, que quería matar a todos los judíos. En Alemania quedaron los abuelos y tíos; todos lograron emigrar a diferentes países. Solo quedó atrapado en el horror mi abuelo materno. Han pasado muchos años y jamás pude olvidar la valentía de mis padres que dejaron todo, solo para salvarme. Es por eso que les pido, amiguitos, nunca dejen de soñar con un futuro mejor ni pierdan la fe. El mundo puede llegar a ser un lugar hermoso.” Eva Salomon, alemana.

Estruendos día y noche. Los bancos de escuela convertidos en camas. Las estaciones del subte como refugios donde miles viven en condiciones de precariedad. El horror de ver la casa hecha escombros. La oscuridad del toque de queda. El peligro de que estalle una bomba. Mis alumnos sobrevivientes son conscientes de que las guerras tienen cosas en común. Y una rotunda diferencia: en la que ellos vivieron se trataba de eliminar a su raza, en pro de una supuesta pureza aria. En la invasión rusa, se trata de poder político, de geoestrategia de las potencias. Si se ponen de acuerdo las dos partes, la guerra termina, una opción que no existió durante el Holocausto.

Los relatos de mis talleristas contienen respuestas a miles de niños ucranianos que se preguntan hoy dónde queda el mañana. A veces se dice que la experiencia es difícil de traspasar. Ojalá esta vez se pueda.

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Graciela Komerovsky es profesora en Letras Modernas (UBA), autora de artículos y libros sobre didáctica de la literatura y de la expresión oral y escrita. Especialista en escritura e identidad, coordina el Taller Literario del Programa de Ayuda a los Sobrevivientes de la Shoá de Fundación Tzedaká. Fue colaboradora de Clarín, en la columna “Calles de Buenos Aires”. Dio conferencias y talleres sobre Cortázar, como profesora invitada en la Universidad de Cantabria. En breve publicará una nueva edición de “Mamuschkas”, libro que reúne sus cuentos. Junto a Liliana Kuropatwa, codirige MT Ediciones, un sello especializado en historias de vida.

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