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Mundos íntimos. Mi viejo murió cuando tenía 15 años: mis charlas con él siguen a través de un cuaderno que descubrí con sus poemas

Mi padre, al irse, le regaló medio siglo a mi infancia”, dice un aforismo de Antonio Porchia y yo siempre lo consideré atinado para hablar de mi adolescencia. Mi viejo falleció cuando yo tenía 15 años, misma época en la que recuerdo haber sentado las bases para ser quien soy en la actualidad. De alguna manera, la adolescencia es una época que me salté, como un VHS viejo y gastado que produce un salto temporal en los videos de los recuerdos familiares.

Sin embargo, todo cambió de nuevo hace unos meses, cuando mi vieja me dijo un pequeño secreto familiar que nadie sabía hasta el momento: entre sus recuerdos, conservaba un cuaderno de poemas escritos a mano por mi viejo y dedicados a ella. Ese nuevo enfoque me hizo repensar si realmente yo lo conocí a él.

Un Gustavo Yuste pequeño, en la playa, sorprendido por algo que ya no recuerda y bajo la atenta mirada de su padre, detrás.

Su muerte temprana e inesperada, y en esa época, ya había generado una consecuencia extraña: ser el hijo de alguien que no llegó a conocerme. O, mejor dicho, que conoció a un primer borrador inexacto de lo que soy ahora. Por ejemplo, nunca se enteró de que, al final, sí me gustaba leer libros pese a que nunca le hice caso a su insistencia de apagar la televisión. O más aún, que ahora tengo algunos títulos publicados, que hace años doy talleres de lectura y escritura, que tuve la suerte de acompañar a muchos autores y autoras a que publicaran su primer libro. Entonces, ¿a quién conoció mi padre?

Hace mucho que me hago esas preguntas, sobre todo teniendo en cuenta que ya es más el tiempo que pasó desde su muerte que el que pudimos compartir. Pero en vez de llegar a una respuesta, ahora apareció otro interrogante que pensaba saldado: ¿y si no conocí a mi padre?

De los 15 años que viví con él, lo que más nos acercó fue el fanatismo por el fútbol, algo que yo fui perdiendo de manera paulatina. Ser un chico tímido -rasgo que conservo hasta la fecha- no facilitó nuestro diálogo, así como tampoco acumular experiencias previas que necesitaran de su consejo u opinión. Nunca llegué a presentarle a una pareja o a decirle lo que pienso del amor. No hablamos de política, no discutimos sobre gustos musicales, ni siquiera tuvimos tiempo de odiarnos en serio. Solamente nos quisimos escuetamente como acostumbraban los hombres de su época. De hecho, su muerte fue consecuencia de un infarto silencioso, llevando al extremo su tendencia a no llamar la atención.

Los dos -Gustavo Yuste y su papá- con una sonrisa de boca a boca. El autor buscó fotos de ambos juntos más grandes; no pudo encontrarlas.

Cuando pienso en sus últimos días, imagino que él fantaseaba con que me convertiría en periodista deportivo o veterinario, las únicas profesiones que recuerdo haber pronunciado en voz alta. Por el contrario, sé que yo sentí, un poco con la arrogancia de un adolescente y otro poco por consuelo, que lo había llegado a conocer del todo antes de fallecer. Ahora, sé que nunca voy a poder lograrlo, y eso me alivia: nuestro vínculo va a estar en constante construcción a pesar de su muerte gracias a esta nueva faceta de escritor que tenía oculta.

Una de las autoras con las que vengo trabajando un libro, Tatiana Cibelli, escribió lo siguiente: “La familia es un amarre poderosísimo”. Ese amarre él lo padeció, mientras que en mi caso se soltó de forma brusca, con la violencia que tiene toda muerte aunque la suya haya sido en paz. Perder un punto de referencia en los años de la adolescencia, además de agregarle medio siglo a mi vida, también me permitió experimentar una nueva forma de hacer las cosas, cuestionarlas, flexibilizarlas.

Sin ese amarre poderosísimo, quedé en medio de la vida adulta, tomando decisiones que nunca le consulté, que él quizás nunca se imaginó. ¿Sería yo la misma persona si mi viejo no hubiera muerto? Es una pregunta contrafáctica y sin sentido, pero que no puedo evitar. A propósito de eso, en esa suerte de libro dedicado a mi vieja, escrito en un viejo cuaderno gris del “Consejo Nacional de Educación”, mi papá apuntó: “Todo camino tiene espinas, el de la vida y el de la muerte”. Un poco más adelante, mi viejo dice lo siguiente: “Creo que la vida de cada hombre tiene su rumbo fijo o predeterminado. Y que a medida que van pasando los años, uno varía o cambia el rumbo de su destino. Para bien o para mal”.

¿Acaso estoy hablando con él a través de la literatura? ¿Es esta la charla que nunca tuvimos, 15 años después? No sé si tengo un destino fijo, no creo que sea así, pero al menos tengo una certeza: gracias a la escritura pude seguir hablando con él, a mi manera. Este fue el primer poema que pude hacer a partir de su muerte:

Una chapa

Un día casi por casualidad

te diste cuenta de que tu viejo

había contratado a la muerte

como apuntador.

En los momentos de silencio,

​le iba pasando la letra.


La última vez que lo quisiste ver,

un sol frío alumbraba esa chapa

​que ahora dice contenerlo.

Alrededor de 10 años después, este fue el primer poema que leí de él en el cuaderno:

Amor, palabra dulce

que suena en tu corazón.

Noche de primavera,

​cual flor fresca que deja su aroma.

Pasión que se lleva dentro

del pecho y que no se puede detener.

Angustia de pensar que después de un beso

​jamás vas a volver.

Este diálogo lo siento posible gracias a que en cuarto año del secundario tuve una profesora que me transmitió el amor por la lectura. Gracias a ella, apenas un año después de la muerte de mi viejo, encontré un lugar de refugio, de calma, de previsibilidad ante el cambio rotundo que todavía nos tenía acomodándonos como familia. Digo previsible por el hecho de quedarme en un espacio quieto con un libro en la mano. Lo que aprendí de inmediato es que en cada novela, cuento, poema, habitaba lo incierto, lo que no se puede controlar. Desde entonces, mi vida se centra en disfrutar aquello que no puedo manejar, algo que la muerte de mi papá ya me había adelantado.

“Este libro contiene todo el amor que un hombre pudo encontrar en este mundo”, empieza el “prólogo” que incluyó mi viejo en el cuaderno-libro a mi mamá. El título de esta serie es, claro, “Libro de amor”. En mis talleres prohibiría ese título, trataría de focalizarme más en imágenes y no tanto en sentimientos, puliría muchos lugares comunes, pero caigo en la cuenta de que este cuaderno lleno de poemas está escrito desde la libertad estilística y la poca preocupación formal. En principio, nadie iba a verlo salvo su destinataria, por lo que más que poemas, son cartas de amor que tomaron la forma caprichosa de versos.

Esa misma soltura y fluidez que sintió mi padre al escribir esos poemas ocultos, paradójicamente, es la que terminé experimentando yo en esos años en donde había perdido un vigía. Su ausencia derivó en que tuviera que aprender por mi cuenta muchas cosas, que pudiera elegir caminos, no tener que rendirle cuentas a ninguna figura de autoridad paterna. Elecciones de estudios y profesiones, renuncias a trabajos formales para apostar por mi vocación de escritor, posturas y militancias ante temas sociales y políticos como el matrimonio LGBT, la lucha por el aborto legal, la ley de identidad de género, mis propias decisiones en mi vida sentimental, todo pude hacerlo con total libertad.

El precio para eso fue alto y doloroso. Y también sé que es algo que él no tuvo, que toda su vida respondió a un patrón familiar que lo ahogaba hasta que un día ese vínculo con sus padres y su hermano se quebró durante mi infancia por motivos que no tuve del todo claros. Nunca más volvió a relacionarse con ellos; yo tampoco: toda la relación que tengo con mi familia paterna es mi apellido y la ausencia de mi viejo.

Pero vuelvo a mi adolescencia: durante muchos años sentí culpa por la libertad que gozaba en muchos aspectos de mi vida. Extrañar a mi papá era una constante, pero al mismo tiempo sabía, por experiencia de otros amigos y amigas, que había un espacio vacío que me permitía crear mi propia historia, mi propia incertidumbre. Un poema de Mary Swenson, comienza diciendo: “¿A qué se parece el amor? Ya conocemos/ la forma de la muerte. La muerte es una nube/ enorme y monumental”. En ese punto estaba yo: buscando la forma del amor después de conocer la de la muerte.

En los años que siguieron y que coincidieron con el fin del colegio, pude forjar una personalidad que me acompaña hasta el día de hoy. Mi mamá, mis hermanas, el resto de mi familia me acompañó, pero nunca desde un rol invasivo. Tuve la suerte de moverme en el mundo con una banda soporte, pero también con una confianza que nunca puso en dudas mis decisiones. ¿Acaso ese era el rol de mi padre?

Otro sentimiento que me invadió desde ese entonces es el de la melancolía: ¿qué es lo que no llegué a decirle nunca a mi papá? ¿Qué le diría hoy en día? ¿Seríamos dos personas que se llevan bien o hubiéramos tenido una discusión que nos alejaría para siempre como a él le pasó con su familia? Eso es lo que me atormenta muchas veces: no saber si mi viejo se hubiera convertido en un lugar de refugio y descanso o en una zona peligrosa a evitar en mis momentos de fragilidad.

De alguna manera, cuento con la ventaja de que su amor por mí quedó intacto, congelado para siempre en una fase iniciática que no sufrió el desgaste del tiempo ni el hecho de que yo dejara de ser un adolescente tímido para convertirme en un adulto tímido, pero con opiniones claras sobre muchos aspectos de la vida en los que imagino que no coincidiríamos: por ejemplo, ¿qué pensaría sobre mi decisión de no querer tener hijos? ¿O sobre mi inclinación hacia otras formas del amor por fuera de la monogamia tradicional?

Sharon Olds, también poeta estadounidense, escribió: “Una semana después de que muriera mi padre/ entendí de pronto/ que su cariño por mí estaba seguro – nada/ podía tocarlo”. Si bien a mí me llevó mucho más que una semana, con el tiempo entendí que la ausencia de mi viejo era también una forma de presencia única e inalterable, que ese amor incompleto que pudimos construir era ahora, por lo menos, eterno.

En el cuaderno-libro que mi papá le escribió a mi mamá, él llega a una respuesta sobre una de las partes de nuestra relación, aunque mucho antes de que yo naciera: “Un hijo a veces me pregunto qué significado tiene en la vida. ¿Puede ser lo más sublime? Por mi parte pienso que sí, ya que él representa ese amar que yo escribo y profeso. La palabra hijo significa prolongación de la vida”. ¿Puedo decir lo mismo sobre qué significado tiene un padre en la vida?

En parte sí y en parte no. Mi viejo quedó desempleado a finales de la década del 90, como gran parte de la población. La edad y su diabetes eran un cóctel explosivo para que consiguiera un nuevo trabajo. Eso derivó en que sea el encargado de los cuidados domésticos: preparaba las comidas, me iba a buscar al colegio, hacía las compras, limpiaba. En definitiva, él hacía del lugar en el que vivíamos un hogar. En tanto, mi vieja acumuló horas de clase para poder mantener a la familia. Esa fue una lección que aprendí de ellos: no importa el rol que espere la sociedad de uno, lo que importa es estar en el lugar indicado cuando las papas queman.

Sin saberlo, mi viejo me indicó en su día a día que es posible cambiar los roles preestablecidos por el sentido común, que el afecto también se demuestra en acciones cotidianas y silenciosas, sin necesidad de grandes estruendos. Cuando lo evoco a él, no pienso en la figura paterna, sino en una persona haciendo lo que puede en un circuito familiar, atento a las necesidades de los demás sin necesidad de encajar en ningún rol.

Nunca contesté con vergüenza que mi papá se encargaba de las tareas domésticas, al principio por orgullo adolescente, ahora por convicción de que una familia bien puede tomar la forma de un equipo en constante rotación y que las funciones cambian al mismo ritmo vertiginoso que el día a día. Existe un poema de Fabián Casas que siempre viene a mi memoria y que en una parte dice: “De pie, señores, un poco de respeto para los hombres como mi viejo/ que doblegaron sus vidas en trabajos miserables./ No todos podemos zafar de la agonía de la época”. Él no pudo zafar.

Mi papá falleció a los 54 años. Yo tenía apenas 15. A principios de este año cumplí 30 y me di cuenta de que el tiempo sin él ya es mayor al que compartimos. Sigo conociendo a alguien que no me conoció, y eso por momentos es devastador. Pero no todo está perdido, y hay lugar para remontar el ánimo. Después de todo, pensé que no íbamos a hablar nunca más, pero pudimos hacerlo gracias a la literatura: la suya, la que desconocía hasta hoy.

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Gustavo Yuste nació en Buenos Aires en 1992. Pensó que siempre iba a vivir en el barrio de Caballito, pero ahora vive en Barracas. Es licenciado en Comunicación por la UBA, pero se dedica principalmente a coordinar talleres de escritura y lectura. De chico quiso ser periodista deportivo, pero ahora ya no le gusta tanto el fútbol. También quiso ser veterinario, pero hace años que no tiene una mascota. Publicó, entre otros, los poemarios “La felicidad no es un lugar” (Santos Locos), “Electricidad” (Sudestada) y “Accidentes del ánimo” (Santos Locos). En 2019 se publicó su primera novela “Personas que lloran en sus cumpleaños “(Paisanita), pero él ni siquiera los celebra porque nació en enero y todos suelen estar de vacaciones.

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