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Prisionero y armado en Malvinas: “Tenía una pistola en los testículos, pensaba cargarme a cinco ingleses y boletearme”

José Antonio Scaglia vive en Playa del Carmen (México), donde es instructor de buceo hace más de diez años. Bajo el agua, en silencio, contemplando otro mundo, encontró la paz que se le dificultaba sobre la superficie. “Siempre me sentí fuerte y sólido, nunca creí que la posguerra me fuera a afectar seriamente. Te diría que me pude construir con normalidad, pero en el momento menos pensado tuve que hacer una terapia muy necesaria”.

Porteño, criado en Rosario, Scaglia (60) dice desde México que “la experiencia Malvinas” lo endureció. “Lo digo sin mandarme la parte, por favor… Muchos no la pasaron nada bien pero a mí me curtió por eso hablo y cuento, el propio conflicto bélico, vivir en en el precipicio, con la muerte ahí nomás, me hizo aprender lecciones todo el tiempo y me dio herramientas para la vida. ¿Sabés lo que es que la muerte esté al lado tuyo, que las balas pasen a centímetros? Después de eso, vivo en la sinceridad más cruda”.

Macizo, de físico deportivo, Scaglia hace cuarenta años que mantiene una premisa: “Nunca me victimicé con Malvinas ni soporté eso “del pobrecito, mirá lo que tuvo que atravesar’, no, todo lo contrario, Malvinas fue una gran oportunidad, es lo que me tocó y bienvenido sea“. Fue uno de los combatientes que más tiempo estuvo en las islas: desde el 2 de abril hasta el 21 de junio. “En casi ochenta días viví de todo, pero considero que fui un soldado que siempre se las rebuscó para sufrir lo menos posible. Comía bien porque me robaba la comida y les convidaba a mis compañeros“.

José Scaglia, en la cubierta del ARA Cabo San Antonio, en Puerto Argentino, el 2 de abril de 1982. “Me recuerdo contento cuando llegué a Malvinas”.

Scaglia maneja desde los 16 años y cuando entró a la colimba y le tocó contar sus aptitudes señaló el manejo como una de las principales (y muy valoradas en la conscripción). “Saqué 911 en el sorteo y me tuve que ir a La Plata, el destino era el Centro de Instrucción y Formación de Infantería de Marina. Fue una etapa dura, porque yo trabajaba como panadero y era sostén de familia, pero de golpe mi vida cambió, dejé Rosario y tuvo que hacer la instrucción allí, hasta que me derivaron a Punta Alta. Allí manejé un jeep y luego me convertí en el chofer de un comandante de brigada“.

El 27 de marzo de 1982 un superior le dijo a Scaglia. “Agarrá el camión (conducía un modelo 1114) y andá para el Ara San Antonio. Te vas a la guerra”. Pasaron largos segundos, Scaglia no entendía nada. “¿A la guerra? ¿Con Chile?”. Rápida respuesta: “Te vas a Malvinas”. “Ah, qué bueno, no conozco”. Sonríe Scaglia, casi avergonzado. “En ese momento no sabés nada de la vida, no tenía idea del contexto. Pero no me imaginaba siendo parte de una guerra”. 

La misión que tenía a cargo Scaglia era la de manejar ese camión para trasladar superiores, buscar mercadería, llevar armamento y con el paso de los días, cargar heridos y fallecidos. “Me fui organizando de acuerdo a mis tareas, pero tenía independencia y también cierto poder que me daba el conducir semejante camión, del que me sentía como el dueño, entonces podía hablar de igual a igual con mis superiores. Yo me daba atribuciones, para mí no existían la subordinación y valor“.

Hace más de diez años que José Scaglia se gana la vida como instructor de buceo. “Debajo del agua encontré la paz y serenidad que necesitaba”.

Claro que no siempre salía bien esa desobediencia. “Entre las misiones que hacíamos cargando y trasladando los misiles Éxocet -el armamento más temido por los ingleses- una noche, en horas de la madrugada, después de andar todo el día yendo y viniendo, yo me había tirado a dormir un rato hasta que cerca de las cinco de la mañana un cabo me despertó de mal modo y me dijo que tenía que ir a recoger a un compañero caído del Batallón Comando en Monte Longdon”.

Por su intenso “oficio”, Scaglia dormía poco y nada. “Hay que ir a buscar ya a un compañero. Ya soldado, ¿oyó?”, recuerda los gritos de su superior. “Yo le dije que no iba a ir, que no daba más. Y lo mandé al carajo. Sentí que el cabo se había ido pero volvió a los cinco minutos con un fal, que cargó con munición en mis oídos y me apuntó: ‘Milico, si no te levantás ya te mato, te mato’. Lo miré, vi su cara y pensé que me iba a hacer boleta… Me levanté, obviamente, y fuimos a buscar a Héctor Rolla, que era el soldado fallecido”.

En una de sus cargas y descargas, a Scaglia le tocó llevar otro cuerpo, el de Carlos Benítez, teniente de fragata, que se encontraba tirado en un campo minado. “Lo levanté y lo cargué en el camión. Lo miré a la cara con dolor y le dije que le iba a sacar su arma, que a él ya no le iba a servir pero a mí sí. Era una Smith Wesson 38 corta, que a escondidas guardé debajo de mis pantalones, en mis testículos. Me acuerdo que transpiré tanto por ese campo minado, podíamos volar en pedazos en cualquier momento. Fui a paso de tortuga, por la costa y zafamos”.

El bolsón donde guardaba la bolsa de dormir, una de las dos pertenencias que pudo conservar de Malvinas.

La guerra se encaminaba a su recta final, estaba la orden de cese el fuego y los argentinos cayeron prisioneros. “Era el 14 de junio cuando los ingleses me obligaron a llevar el camión al aeropuerto (Puerto Argentino) y que lo dejara allí, que si intentaba dañarlo me matarían. Entregué el camión y en ese momento, no sé cómo hice, me robé una lata de duraznos que escondí dentro de mi chaqueta. Pensé en mi cumpleaños, que es el 16 de junio, no quería pasarlo con hambre…”.

Y el cinturón, que fue su gran compañero. “No te das una idea lo importante que fue. Y al día de hoy lo sigo usando”.

La cabeza de Scaglia no se detenía. Tenía un mal presagio, estaba convencido de que matarían a todos los prisioneros. “Creo que por el agotamiento y las situaciones límite por las que había pasado, sentía que ya estaba jugado, no me importaba morir. Pensaba en el arma que tenía escondida y me representaba la misma escena todo el tiempo: que nos iban a mandar a un paredón y nos fusilarían… Se ve que habia visto muchas películas de guerra -ríe con ganas-. Como sea, yo ya tenía todo pensado, si eso pasaba, sacaba el arma, me cargaba a cinco ingleses y con la sexta bala me boleteaba”.

Scaglia 2022. Aqui con clientes que toman lecciones de buceo en Playa del Carmen.

Sólo a un compañero le había compartido su secreto. El penúltimo día como prisionero, un teniente se le acercó a Scaglia y casi susurrándole le pidió el arma, sin mediar preámbulos. “Negro, dame el arma ahora”. “¿De qué me habla teniente?”. “Negro, el arma, vamos”. “No entiendo señor”. “Si te descubren nos liquidan a todos, ¿entendés?. Sé que tenés un arma en los huevos”. Acorralado, no tuvo opción. “Se la di y él se la vendó en el brazo como si fuera una herida de guerra. Me sentía seguro estando armado, pero también entendí al teniente. Podía haber sido un desastre”.

Cuarenta años después, Scaglia se acuerda de que el trato de los ingleses lo sorprendió: “Fue con respeto, sobre todo con mucho profesionalismo. Claramente no había odio en ellos. Si hubiera sido al revés, estoy convencido de que los argentinos no se habrían comportado de esa manera“. Entonces, ¿fue un aprendizaje la guerra? Sí, no tengo dudas que fue una gran oportunidad para fortalecerme. Porque mi mandato fue sobrevivir y lo logré”.

PS

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