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Malvinas: Los periodistas británicos que vinieron a cubrir la guerra y terminaron secuestrados o presos

La guerra de Malvinas sigue teniendo historias para contar. Algunas casi desconocidas. Documentos desclasificados por la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos develaron el secuestro de tres periodistas británicos en Buenos Aires. Mientras que otros tres periodistas de medios ingleses fueron detenidos en la cárcel del fin del mundo durante la guerras. Sus rostros recorrieron el mundo, pero en nuestro país pasaron desapercibidos. Hoy, a 40 años, hablan por primera vez con un medio argentino.

A partir del desembarco argentino en las islas, Malvinas se transformó en uno de los eventos noticiosos de la década, aunque lo que sucedía allí seguía siendo una incógnita. No aparecía ninguna filmación de disparos, mucho menos historias desde el lugar de los hechos.

Hasta que la televisión argentina, en el programa 60 minutos de ATC, transmitió las primeras imágenes y reportajes (realizadas por los corresponsales argentinos Kasanzew, Lamela y Novo) el 1° de mayo de 1982. Ese primer programa se realizó con parte de los 34 casetes que regresaron al continente gracias al ayudante de cámara Marcos Novo y al periodista Carlos Clavel que llevó el material personalmente al Estado Mayor Conjunto para su revisión. La emisión, que superó los 42 puntos de rating, contó con imágenes del despliegue militar, un bombardeo inglés y testimonios de los combatientes; y provocó un gran interés alrededor del mundo. Para el mes de mayo, había en Buenos Aires cientos de corresponsales extranjeros, todos con intención de llegar a las islas.

Julian Manyon, Ted Adcock y Trevor Hunter, de la cadena privada de televisión inglesa Thames, no tuvieron suerte. El 12 de mayo de 1982 los tres británicos fueron secuestrados cerca del Ministerio de Relaciones Exteriores argentino y horas más tarde liberados desnudos, sin sus equipos ni su dinero, cerca de la localidad bonaerense de Pilar.  Manyon, líder del equipo televisivo, tiene una extensa trayectoria como cronista de guerra. Atravesó infinidad de experiencias extremas, pero su secuestro en Argentina lo sigue atormentando. Elusivo, teme ser amedrentado por sus antiguos captores. Sin embargo, decidió sacar a la luz su experiencia con un libro a 40 años de la guerra.

Periodistas británicos.Ted Adcock y Trefor Hunter.

Manyon ha identificado a Aníbal Gordon, jefe de un grupo de secuestradores cuya base fue el centro clandestino Automotores Orletti, como uno de sus captores. Manyon cree que Gordon, con su hijo Marcelo y Honorio Carlos Martínez Ruíz (alias el “pájaro”), acusado del robo a las cajas de seguridad del Banco Nación en Plaza de Mayo en 2005, fueron quienes lo secuestraron a mediados del mes de mayo de 1982.

A punta de pistola, Manyon fue colocado en el espacio entre asientos de un auto, vendado y golpeado cada vez que intentaba comunicarse. Al llegar a un descampado, él y sus colegas, que habían sido secuestrados y trasladados en otro vehículo, fueron desvestidos y obligados a alejarse corriendo, de espaldas a sus captores, que sostenían pistolas y rifles automáticos en sus manos.

Julian Manyon cuando llegó al país a cubrir la guerra.

La noticia del secuestro de Manyon y su equipo llegó a oídos de Galtieri que mandó a buscar a los periodistas e inmediatamente les concedió una entrevista. Allí Galtieri intentó convencerlos de que sus secuestradores no formaban parte del gobierno. No obstante, según Manyon, por la impunidad con la que se movían, sus captores eran parte de alguna de las fuerzas de seguridad.

El periodista Julián Manyon con Galtieri.

En la actualidad, Manyon se sorprende por las dificultades de encontrar datos sobre la actividad de Aníbal Gordon y su grupo. No están las actas del juicio de 1985 que, a raíz de la denuncia de Guillermo Patricio Kelly (dirigente político secuestrado por Gordon en 1983), lo llevó a prisión por los asesinatos del líder sindical José Rucci en 1973; Silvio Frondizi, profesor y hermano del expresidente; y Rodolfo Ortega Peña en 1974. 

Detenidos en el fin del mundo

Además de estos secuestros, otros tres británicos, Simon Winchester, de The Sunday Times, y Anthony Prime e Ian Mather, de The Observer, fueron detenidos en abril de 1982 en el aeropuerto de Río Grande, acusados de espionaje y encarcelados en Ushuaia hasta el final de la guerra.

Ian Mather en la prisión de Ushuaia, 10 años después de la guerra, cuando volvió a la Argentina con un equipo de la BBC para repasar los detalles de su experiencia y entrevistar a quienes fueron sus captores.

Desde su casa ubicada en el pintoresco barrio londinense de Muswell Hill, al norte de la ciudad de Londres, Ian Mather recibió por primera vez a un periodista argentino después de casi 30 años de su última visita al país, en 1992. Ese año había venido para producir la serie War Stories de la BBC titulada “The Falkland war 1982-1992” en la que entrevistó a sus antiguos captores.

El caso de Mather y sus colegas ingleses detenidos en la cárcel de Ushuaia fue un hito en la consolidación del Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ)2 que tomó el caso como una de sus primeras acciones de presión internacional a favor de los derechos de libertad de expresión.

Cuando Mather llegó a la Argentina para cubrir la guerra acudió a una conferencia de prensa en la que Galtieri aseguró a los periodistas que podrían recorrer el país sin miedo a ser detenidos. Mather viajó al sur, con su fotógrafo Anthony Prime, con la intención de ser el primer periodista británico en poner un pie en Malvinas. En Río Gallegos estuvieron a punto de lograrlo cuando intentaron convencer a un piloto civil de sobrevolar las islas desde el aire. Finalmente, sin éxito, decidieron viajar a Tierra del Fuego, que en ese entonces era un sitio estratégico.

Mather y su fotógrafo visitaron la base naval de Rio Grande, tomaron apuntes y fotos y, al querer regresar a Buenos Aires, ambos fueron detenidos acusados de espionaje.

“For you the war is over” (para vos la guerra está terminada), le dijo en perfecto inglés un militar argentino en el aeropuerto de Rio Grande. Él y sus otros dos colegas británicos estuvieron detenidos 77 noches, desde el 13 abril hasta el 30 de junio de 1982.

Caricatura de los tres periodistas detenidos en Ushuaia, publicada en el diario The Observer.

“Me acusaron de espía, argumentaban que no podían determinar si mi interés era periodístico o espionaje. La ironía era que el diario para el que yo trabajaba, The Observer, estaba en contra de la guerra. Cuando regresé al Reino Unido, algunas personas pensaron que tenía más simpatía por Argentina de la que debía. Una especie de síndrome de Estocolmo. Yo quiero creer que tengo una mirada balanceada. El mejor desenlace hubiera sido que ambos países lograran negociar. Respetando el modo de vida de los británicos y quizás una bandera argentina hondeando en las islas. De existir un acuerdo, hoy las Malvinas serían un mejor sitio”, relata.

Los días más difíciles ocurrieron el 2 y 3 de mayo, cuando la noticia del hundimiento del Crucero General Belgrano llegó a Ushuaia. Paradójicamente, Mather y sus colegas británicos, aún en prisión, se enteraron del hundimiento antes que la mayoría de los argentinos. Según Mather, la noticia llegó a través de los informes de la radio de la BBC que escuchaban desde la cárcel gracias a una antena transmisora chilena.

Los guardias de la prisión tenían curiosidad por saber qué decía la BBC sobre la guerra.

“¿Qué dice la BBC? , preguntaban todas las mañanas, y cuando les contestábamos, generalmente con alguna mala noticia para su punto de vista, decían que eran puras mentiras”, recuerda.

Cuando se hundió el crucero General Belgrano, los caídos fueron traídos a puerto. Eso produjo un sentimiento de furia contra los únicos prisioneros británicos que había en Ushuaia: “Fue uno de los momentos más tensos y temimos ser atacados”. Sin embargo, la relación con los guardiacárceles fue correcta.

“Como me dijo el fiscal Luis Moreno Ocampo, fui muy afortunado de haber sido ‘blanqueado’ como prisionero legal. Si hubiera sido tratado como un periodista de izquierda argentino, me habrían secuestrado del hotel, torturado y arrojado al mar”, asegura.

A través de los años, siguió en contacto con sus captores: el almirante Zaratiegui, el capitán Grieco, y el jefe de policía Barroso. Al volver a Ushuaia diez años después pudo entrevistarlos en su documental compartiendo anécdotas y risas.

“Era una prisión abierta, teníamos libertad de movimiento entre celda y celda y el punto de encuentro era una mesa de ping pong. Nos asegurábamos de no jugar británicos contra argentinos. Entre los prisioneros había ladrones de ganado, desertores, contrabandistas chilenos y unos borrachos que detenían los fines de semana por hacer lío en el cabaret local. Logramos ganar la confianza de muchos de ellos, y también generamos una buena relación con nuestros guardiacárceles. Eso sí, la comida era horrible, el plato que más recuerdo era una desagradable sopa de cuello de pollo”, rememora.

La causa por supuesto espionaje contra los tres periodistas británicos nunca llegó a tener un veredicto. Mather y sus colegas enfrentaban cargos con una pena máxima de prisión de dos años, pero fueron liberados bajo fianza por la presión internacional, que incluyó a la iglesia católica y al gobierno de Irlanda como mediadores, y al CPJ y los medios internacionales que visibilizaron su situación. 

La experiencia como prisionero de guerra no lo sacó de carrera: Ian Mather siguió ejerciendo su profesión. Sobre Argentina tiene el mejor de los recuerdos. Dice que extraña la vista del glaciar desde la cárcel. Eran tiempos en que se sentía parte de la historia. Esa delgada línea en que el periodista deja de ser el narrador para convertirse en protagonista.

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