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A 20 años del corralito: cómo se llegó a una decisión traumática

¿Vos alguna vez utilizaste un plástico a para retirar dinero de un cajero? —le dijo Daniel Marx a Domingo Cavallo—. No sabés lo que estás haciendo porque nunca extrajiste dinero en la calle en un cajero. Esto tendrá graves consecuencias y nos van a querer matar.

Cavallo era ministro de Economía. Y Marx, secretario de Finanzas. El diálogo ocurrió en el piso 5 de Economía hace ya 20 años.

La política estaba a tres semanas de romper un contrato electoral. Y a un mes de incumplir los contratos económicos.

Fernando De la Rúa, un presidente agotado y vencido antes de abandonar su mandato, había firmado ya la resolución de Cavallo cuando conversaban con Marx: el público no podía retirar más de $ 250 por semana y, por lo tanto no podía comprar los dólares que quisiera.

Thomas Reichmann, director del FMI en una foto de 2001. Le dijo a Cavallo que no había más plata para la Argentina en noviembre. Luego se lo dijo a De la Rúa.

En cuestión de horas las calificadoras de riesgo Moody’s y Standard & Poor’s hablaron de la “muerte de la convertibilidad”. El periodista Antonio Laje, con más punch, lo inmortalizó como ‘corralito’.

Los argentinos, maestros de la supervivencia y adaptación económica, acomodaron sus gastos. El 39% recortó el consumo, relevaron las encuestas. El sueño de cualquier profesor de mostrar un modelo de salarios flexibles a la baja.

Si hay dos tipos de reflejos entre quienes conducen y hacen política económica, puede distinguirse a quienes entran en pánico y a quienes reaccionan a toda máquina. Cavallo era de los últimas.

Con el Presidente ido, el ministro hizo seis anuncios en esos quince días. Recorte de salarios a empleados públicos, reestructuración de la deuda, suspensión de los planes de competitividad, anulación de rebaja de impuestos para empresas y un blanqueo para trabajadores en negro. El sexto fue el corralito.

¿Cómo llegó a ese punto? ¿a ‘manotear’ la plata de los ahorristas?

Hay dos formas de verlo. La más atractiva, siempre, es la historia de los buenos contra los malos.

Los buenos eran los argentinos, decididos a convencer al FMI para que le prestaran (como siempre) más tiempo y más dinero (nunca una de las dos cosas, siempre las dos).

Los malos eran los de Washington, conducidos entonces por una recién llegada, Anne Krueger, una especie de Cruella para la economía argentina.

Conferencia de prensa de Domingo Cavallo y Daniel Marx el 14 de diciembre de 2001. Salía Marx y entraba Miguel Kiguel. El corralito ya estaba.

Krueger había reemplazado a Stanley Fischer como número dos del Fondo en el otoño boreal de 2001. Un cambio a tono de época. El gobierno de George W. Bush daba otra impronta a los organismos multilaterales.

Pero Fischer era más que un mejor staff del Fondo. Maestro de economistas y coautor de un célebre manual de macroeconomía, había ayudado al equipo argentino. Desde José Luis Machinea a Domingo Cavallo. Aún seguía siendo receptivo cuando había miembros de su staff que tenían reparos con la convertibilidad desde 1998. Fischer tenía una carpeta en su escritorio con opciones para debatir acerca de cómo Argentina saldría del 1 a 1.

-Ya me estoy yendo, se la dejo a Anne, dijo.

Pero Krueger no fue receptiva, según la versión de los argentinos. Dejó caer al país, la acusan.

“Estábamos en Washington y fui a cenar con ella”, recuerda un ex integrante del equipo de Cavallo que pide no ser citado. “La conocía y pensé que podía convencerla. Nada”. Era septiembre de 2001.

Dos meses después la economista comentó qué plan tenía para los países insolventes como la Argentina: que fueran la quiebra y reestructuraran sus deudas como hacían las empresas. “Que los privados revisen sus pretensiones con los países deudores”, dijo la economista. Krueger traía un enfoque diferente a los paquetes de ayuda del FMI de los 90 para las crisis del Tequila y Asiáticas. Bush no era Clinton.

“La idea de Krueger era conceptualmente correcta”, reconoció Cavallo más tarde. “Pero era abrir un debate para el que la Argentina no tenía tiempo”.

Después de las palabras de Kruger se aceleró la salida de los depósitos de los bancos en la Argentina: US$ 3.000 millones en dos días. Una cifra no menor si se piensa que sólo en ese mes se habían ido US$ 15.916 millones. Y a principios de diciembre, cuando se dictó el corralito, habían caído US$ 24.095 millones en un año.

El riesgo país subía. Había arrancado en 711 puntos el año, llegó a 1.595 puntos a fines de septiembre, 2.165 puntos en octubre y cruzó los 3.000 puntos cuando se lanzó el corralito.

Horacio Tomás Liendo, primer secretario de Legal y Técnica de Cavallo, hombre que le había llevado la idea del 1 a 1 en 1991 y asesor suyo en 2001, cayó el viernes 30 de noviembre a las 21 horas en la oficina del ministro con una idea. De la Rúa la firmó 24 horas después. Y el lunes 3 empezó a regir: prohibido retirar más de $ 250 del cajero por semana.

Lo que siguió fueron escenas como las del final de ‘9 reinas’. Gente agolpándose en la puerta de los bancos y buscando que un juez ordenara al banco restituir la plata de algún depositante. La selva.

La otra hipótesis que sirve para explicar este desenlace sin reunir a buenos contra malos, es pensar que la suerte de la convertibilidad ya estaba jugada independientemente de Krueger.

El FMIhabía aprobado un programa para la Argentina en agosto de 2001 cuando el blindaje de 2000 había fallado. Pero Horst Köhler decidió arriesgarse -con el apoyo del Tesoro de EE.UU.- y mantuvo reuniones con su staff hasta un domingo a la noche cuando la mayoría de los departamentos del organismo estaban en contra de prestarle más plata a la Argentina. El país recibió un desembolso el 10 de septiembre por 6.000 millones de dólares.

Pero después no vino más plata. Las metas del programa para el mes de septiembre no se cumplieron y el desembolso de octubre no se produjo.

Thomas Reichmann, funcionario entonces del FMI para la región, le d dijo a Cavallo: “No hay más plata”.

“Esto no me lo podés decir a mi”.

Cavallo lo hizo cruzar a la Rosada al chileno y subirse a un helicóptero a Olivos. Reichman le dijo eso mismo a De la Rúa. De Olivos el chileno se tomó el mismo helicóptero a Ezeiza. Allí se subió a un avión a Washington. Se iba la esperanza del 1 a 1.

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